lunes, 13 de abril de 2015

#47 Tareas Domésticas (1): Así era yo

*Revisado 13-04-2016*

Hacendosa como La Ratita Presumida. Organizada sin llegar a ser la Mónica Geller de Friends
No es que me gustara hacer las tareas de casa; pero sí relajarme en un entorno limpio y ordenado.


Cuando éramos pequeñitas, Papa Noel nos trajo a mi hermana y a mí un cubo rojo con su palo de fregona y una escoba con un recogedor azul de juguete. Siempre ayudamos a mi madre, primero haciendo las camas y recogiendo nuestra habitación; y poco a poco, haciendo cada vez más tareas de la casa según nos íbamos haciendo mayores.
¡Cómo odiaba las limpiezas generales! Parecían no acabar nunca.
Mi adolescencia fue un capítulo aparte. Había un orden dentro del caos.
Yo sabía dónde estaba todo a pesar de que diera la sensación de que no podrías encontrar nada (aunque al final las madres se imponen y todo quedaba recogido tarde o temprano). 
Sin embargo, ciertas cosas tenían su sitio exacto. Al punto de que en mi etapa en la residencia de estudiantes, sabía que se habían sentado en mi mesa durante el fin de semana en el que había estado ausente porque el marco de una foto estaba ligeramente daleado.
Estaba acostumbrada a que el cuarto de baño se hacía a diario en mi casa; y me costó mucho negociar con mi compañera de habitación (a la que no conocía), que quería limpiarlo una vez a la semana.
Cuando compartí piso con mi hermana fue fácil repartirnos las tareas. Una enjabonaba los platos, la otra enjaguaba y escurría. Ella colgaba la ropa en el tendedero exterior porque yo tenía vértigo. Yo pasaba el trapo por su alergia al polvo.
Vinieron muchas, muchas más negociaciones cuando conviví con mi pareja de entonces, que era hijo único y no se había hecho nunca él mismo la cama, ya que les iba una mujer a limpiar a casa desde que era pequeño.
Es imposible una relación de iguales cuando te quieren asignar el rol de madre.
Tiempo después en un piso compartido con compañeras de trabajo, teníamos un calendario de tareas donde cada una se limpiaba su propia habitación pero se rotaban las zonas comunes.
Yo era de pasar la bayeta nada más se derramaba la leche para que no se secara y hubiera que rascar; mientras otras... pues cada uno somos de un padre y una madre. Y cuando me tocaba limpiar me encontraba de todo.
Creo que no he sido más feliz que cuando pude tener mi propio espacio, aunque fuese pequeñito. La única pega es que es un bajo y para tenerlo como yo quería, tenía que salir a la calle a limpiar la ventana y baldear la acera los fines de semana (lo que me daba un poco de apuro). Esto último lo tuve que dejar al final por los fuertes dolores de cadera que me provocaba (mi dichosa sacroileitis), no merecía la pena.
Aún trabajando y viviendo sola (o sea, sin niños que alboroten todo), barría a diario. Fregaba el suelo una vez a la semana. Me levantaba del sofá si veía una mijita o una mancha para recogerla o limpiarla. Tenía los armarios bien organizados (siempre me ha servido para canalizar la mala onda, no hay nada como poner cosas en orden). Planchaba hasta las sábanas grandes. La cocina y los platos al día. Periódicamente las baldosas y las juntas del suelo...
Un piso pequeño da más sensación de limpieza y amplitud si está recogido. Y cuesta mucho menos mantenerlo si te acostumbras a hacer ciertas cosas en el momento (como colgar las llaves en su sitio o guardar el abrigo al llegar).
En cuanto a cocinar, como limpiar, tampoco es que me gustara mucho, aunque siempre me han dicho que se me daba bien. Mientras trabajé en tienda tenía que hacer algo que pudiese tomar frío y luego tuve el lujo de poder calentar tuppers en un micro-ondas. En el último trabajo comía en el restaurante de allí. Así que cocinaba poco. Los fines de semana le dedicaba más tiempo y solía hacer algo en el horno o algún postre de vez en cuando. Y de tanto en tanto cocinaba algo sencillo para alguna reunión. 
¿Pero a que sabéis lo que voy a decir?
Pues sí, que todo eso lo hacia soportando el dolor. Empeoraban las caderas, la espalda, las cervicales, las muñecas... Con cada tarea. Pero lo hacía.
Luego llegó la fatiga. Y lo cambió todo poco a poco.
Poco a poco porque aún no sabía qué pasaba. Porque aún no sabía cómo manejarla. Porque aún no entendía la magnitud de las palabras de mi reumatóloga cuando dijo "tienes que aprender a ver una mijita en el suelo y que no te moleste".

Foto: Créditos al autor.

Si te gustó, +1. Si socializas, comparte. Si tienes algo que decir, ¡comenta!
(Si tienes problemas para comentar desde dispositivo móvil, prueba a entrar desde G+)


4 comentarios :

  1. Peque espero que hayas aprendido ya a ver esa mijita y que no te moleste.
    Tenemos que aprender a exigirnos un poco menos.
    Cuidarnos y cuidar nuestra salud. Y si la casa no brilla ... pues que se le va a hacer!. No es cosa de sufrir con eso.
    Un abrazo niña, Cleo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, ese es el tema, exigirse menos, que soy mi peor jefa jaja
      Tenemos que mirar por nosotras y, al menos a mí, no me queda más remedio que bajar ritmo en estas y otras cosas. Y aceptarlo o lo llevo claro. No merece la pena irritarse. Besos

      Eliminar
  2. Decir que éramos muy parecidas :)
    El problema es que yo todavía me creo superwoman y luego todo me pasa factura..
    Voy a leer :)
    Besos!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. A base de palos se aprende: llega un momento que te pasa factura y no puedes pagarla porque tu cuerpo ha dicho 'hasta aquí!
      Gracias Sonia :)

      Eliminar

AYÚDAME A ACREDITAR LAS FOTOS DEL BLOG

AYÚDAME A ACREDITAR LAS FOTOS DEL BLOG
Imagen diccionario: Dani Torrent